La lectura de “La Plaza del Diamante” de Mercè Rodoreda supuso para nuestro club de lectura asomarnos al mundo de Natalia-Colometa. Asistimos al baile de la jovencita con zapatos blancos “como un sorbo de leche”, al noviazgo con Quimet, al desencanto de su matrimonio, a su maternidad… Página tras página la voz de Natalia se convertía en un susurro apagada por las voces de otros que piden, exigen y esperan todo de ella, sin preguntarse nunca quién es.
Comentaba nuestro compañero Rafael
que la mesurada escritura de Mercè Rodoreda, cuenta mucho en párrafos exentos
de artificios pero rebosantes de detalles que permiten al lector asistir
a una época convulsa, que desembocó en una guerra fraticida y una paz agujerada
por el miedo, las ausencias y la miseria.
Son suficientes unas palabras para
respirar la derrota que Colometa, como tantas mujeres que vivieron lo que otros
elegían para ellas, siente: “Tuve
que hacerme de corcho para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de
corcho con el corazón de nieve, hubiese sido como antes, de carne que cuando la
pellizcas te hace daño, no hubiera podido”. La resignación y
la soledad constantes en la vida de la protagonista se reflejan en toda
la en la novela y se clavan en la conciencia del lector con frases “dormíamos
si podíamos pero no sabíamos si estábamos dormidos porque no hablábamos nunca”.
Ternura es la palabra que define el sentimiento que provoca una Colometa frágil, que hace frente a la vida porque tiene que hacerlo, sin cuestionarse el por qué de un destino poco amable. Solo al final de la novela podemos respirar la calma de una existencia tranquila, sin astillas ni tsunamis emocionales. Hay tristeza en el final, pero de esa forma dulce que llamamos melancolía y esta mujer, que ha visto transcurrir los días sin sentirlos suyos, nos hace llegar una especie de epifanía que le permite reposar “di un grito de infierno. Un grito que debía hacer muchos años que llevaba dentro y con aquel grito, tan ancho que le costó mucho pasar por la garganta, me salió de la boca… “ “era mi juventud que se escapaba…” “y pensé que por la tarde, cuando fuese al parque como siempre, a lo mejor todavía encontraba charcos de agua en los senderitos… y dentro de cada charco, por pequeño que fuese, estaría el cielo”.
Nos conmovió esta historia
que es la de Colometa y también la de quienes sin opciones, aceptan, viven y, a
veces, sueñan.